En el desierto, en mitad de la nada, en un espacio libre entre las tiendas desperdigadas, el cuerpo quieto de una niña de trece años yace con la cara vuelta hacia el sol abrasador, sobre la arena, su larga melena rojiza espera desparramada alrededor de su rostro y sus ojos apuntan ya sin ver hacia el cielo encerrando una muda pregunta. El cegador sol ya no puede dañarlos.
NORA.
Nora escucha el estampido del disparo y su viejo cuerpo se incorpora con una celeridad sorprendente.
Algo ha salido mal.
Desde aquella noche en que intentó registrarla con la señorita Christine, había querido saber qué se ocultaba en aquella tienda negra, pero tuvieron miedo y ahora una niña pequeña arriesgaba su vida por un vistazo mientras su padre vigilaba cerca y Nora se fingía enferma en la tienda.
¡Era tan sospechosa su enfermedad!. Que se quedaran tres personas para cuidarla sin ir a la apertura de la tumba tanto tiempo aguardada… ¿Habrían sospechado?
¿Habrían vuelto?…
Nora levanta la lona de su tienda y sale al exterior, los cordones de su calzado desanudados, su camisón blanco y su moño canoso medio deshecho le dan un aspecto fantasmal. Intenta ver algo, con la mano en el costado sigue interpretando su papel y se queja. -¿Hola?… ¿Qué está pasando?… Me encuentro mal… Necesito ayuda. -Grita débilmente.
“No debimos hacerlo”.
Aún con el grueso de la expedición en la tumba quedaban muchos braceros leales al capataz en el campamento. Intentaría atraer su atención.
“¿Qué está pasando…?”
BRIAN.
Brian camina hundiendo sus desgastadas botas en la arena, sobre su gruesa barriga su pecho se mueve, avanza jadeando, aprieta con firmeza un bote de cristal transparente y remueve con un palo en la arena, busca escorpiones, aunque no sabe exactamente porqué.
Los escorpiones serán útiles, tienen veneno.
Quizá los necesite.
Brian no piensa que puede ser peligroso. Brian no siente el sol abrasador en su espalda allí donde los tirantes de su ropa interior blanca, sucia y empapada terminan. Brian está empezando a no pensar demasiado. Brian no quiere pensar demasiado.
No se ha alejado mucho. El disparo suena sin embargo algo lejano, como amortiguado.
Brian se detiene. Mira el bote y mira el palo. Sin ningún gesto de sorpresa ni preocupación clava el palo en la arena, se descuelga el rifle del hombro y empieza a correr hacia las tiendas.
HORATIO.
Horatio gira la última tienda que le separa del objetivo y ve a uno de los árabes clavando estacas en la arena y demasiado tarde al otro. Está sentado fumando una pipa en la entrada de la tienda negra. Su rostro moreno y taimado le mira directamente seguro que desde antes aún que levante la vista, su oscura mirada partida por una cicatriz está fija en él y Horatio sin poder evitarlo baja sus ojos hasta los pies del hombre, entonces ve el repulgo de unas vestimentas negras asomar por la túnica rallada que llevan todos los braceros.
Negras.
Una garra de pánico atenaza su garganta.
Ophelia ya debe haber entrado por detrás en la tienda.
Ophelia no hagas ruido por favor, por favor…
Respirando hondo levanta la cabeza y saluda: “Hola, qué hay”…
El hombre no se mueve y no deja de mirarle.
Vuelve la cabeza hacia el que clava las estacas para confirmar que no está asegurando ni atando nada, las golpea distraída y aleatoriamente y también le mira fíjamente…
“Hola, buenas…”
Diossssss…
¿Qué hago?…
Ophelia por favor, por favor, sal de ahí…
OPHELIA.
Ophelia se arrastra sofocada por el suelo de la tienda. Le ha costado más de lo que pensaba entrar. No podía levantar la lona e incluso ha tenido que rajar un poco la tela.
Mierda. Ahora se darán cuenta.
Pero no importa. Está convencida de que el maldito capataz es culpable, estaba con los secuestradores que les tiraron a aquel inmundo pozo y les robaron todo lo que tenían y ella lo demostrará.
Quizá incluso estén aquí sus posesiones, sus armas y… sus preciados libros. Los libros arcanos, los libros de hechizos que se han convertido en su vida.
La cegadora luz del exterior no consigue filtrarse por la espesa lona negra, está oscuro y tiene que avanzar despacio, tanteando hasta los fardos. No parecen contener nada interesante, ropa y cosas, pero… está el cofre…
Hace dos noches estuvo en esa misma tienda con Katif, él negaba todo conocimiento sobre los hombres de negro que los asaltaron, ella se negaba a beber té. La conversación iba empeorando y finalmente Katif se ofreció a hacerle un regalo, pero cuando se disponía a abrir el cofre Ophelia recordó que no le había dicho a nadie dónde había ido, murmuro una despedida apresurada y volvió a su tienda.
Estaba tardando mucho en salir, esperaba que en caso de que alguien se acercara su padre hiciera algo para concederle más tiempo.
No pensaba irse sin pruebas.
Avanzaba en cuclillas hacia el cofre cuando lo vio.
¿Pero qué… qué es eso…?
Un repugnante ojo colgaba de un gancho, estaba enganchado por el nervio y cuando giraba justo en su dirección, Ophelia se tiro al suelo ocultándose bajo el baúl. Oía el ruido. Ese ruido gelatinoso del ojo al moverse buscándola. Con la punta de los dedos empezó a levantar el baúl, dentro había algo envuelto en una lona, pero no podía verlo.
Con los labios fruncidos en un gesto de decisión levantó la tapa manteniéndose oculta tras ella y con la mano libre quitó el envoltorio.
Eran sus libros.
Entonces con un ruido pegajoso el ojo cayó sobre la semiabierta tapa del cofre. Ahora podía verlo con claridad, era un repugnante ojo del tamaño del puño de un niño. Y la estaba mirando.
Han oído la tapa. Me han oído.
Ophelia se llevó una mano al pequeño puñal que llevaba como recogedor de pelo y empezó a clavarlo intentando acertar a aquel maldito ojo que se movía frenético y finalmente desistió. Necesitaba las dos manos para aquellos libros tan pesados. Los cogió y empezó a moverse hacia parte trasera de la tienda.
LEO Y CHRISTINE.
Lejos de allí, en la posible tumba del maldito sacerdote Nophru-Ka, Katif que caminaba supervisando el trabajo de sus hombres se paró en seco y como si hubiese escuchado o visto algo se volvió en la dirección en que se encontraba el campamento base. Acto seguido corrió hacia su camello y empezó a montar.
Christine y Leo se miraron, primero con confusión y luego con pánico. “¿Qué pasa?, ¿Algo va mal?” Preguntaron casi a la vez…
Haciendo caso omiso, el capataz partió veloz y Leo empezó a avanzar deprisa también hacia su montura con la cara vuelta hacia Galloway mientras decía: “Bueno, nosotros nos vamos también, le acompañamos”.
Galloway dejó lo que estaba haciendo y se quedó mirándoles en mudo asombro. “Pe..pero, ¿se van ahora? ¿porqué? Es un momento muy importante… y… “
“Puede que algo vaya mal en el campamento” – intervino Christine-. Estamos preocupados por Nora… y… quizá podamos, podamos ayudar allí.
Galloway seguía poniendo perros mientras los dos montaban en sus camellos y partían tras Katif.
No hay nada que decir. Todo resultará absurdo.
“Si está todo bien volveremos” – Dijo Leo.
HORATIO.
Horatio oyó el ruido y vio como el hombre de la pipa se giraba hacia la tienda.
“¡No! ¡Alto! ¡Tienen que ayudarme! ¡Es urgente! ¡Acompáñenme!” Empezó a gritar al azar con sus escasos conocimientos de árabe mientras avanzaba hacia él.
El hombre de la pipa le prestó atención un momento, el momento que tuvo Horatio para ver como su compañero dejaba de clavar las estacas y empezaba a avanzar describiendo un círculo entre él y la tienda.
El hombre de la pipa volvió a girarse para entrar en la tienda y Horatio disparó a sus pies.
La suerte está echada.
“¡No! ¡No se mueva! Escúcheme…”
Horatio movió la cabeza para ver si el otro hombre iba a la parte de atrás de la tienda, confirmó que se dirigía hacia él y entonces el guardián de la tienda levantó la lona y se metió dentro.
¡No, no, nonono!
Dios mío, Ophelia, ¡sal de ahí!
Tomando una decisión se lanzó hacia la tienda mientras oía a su espalda el familiar sonido del acero curvo al desenvainar.
BRIAN Y NORA.
El corpulento Brian giró la última tienda y contempló la escena. Acercándose por el otro lado vio a Nora que avanzaba intentando no pisar su largo camisón, llevaba una mano en el costado y la otra detrás de la espalda. Ocultaba la escopeta.
Con un movimiento en arco el brazo del árabe subió dispuesto a caer sobre Horatio, el acero centelleó con la luz del sol.
Nora sacó la escopeta de su espalda y empezó a levantarla.
La suerte está echada.
Brian abrió la mano. El bote de escorpiones empezó a caer al suelo, como a cámara lenta, la otra mano empezó a elevar el rifle desde la culata apuntando, la mano libre subió, posó un dedo en el gatillo y disparó. Una nube de postas impactó sobre la tienda de las estacas cubriéndola de agujeros. El árabe corrió tras Horatio y su enorme cuchillo curvo cayendo casi le rozó.
El bote para escorpiones de Brian llegó a la arena.
LEO Y CHRISTINE.
Los camellos de Leo y Christine coronaron la duna en su camino hacia el campamento base cuando fueron frenados en seco por sus conductores.
Allí abajo, al otro lado de la duna, Katif había desmontando, con los brazos extendidos y su oscura mirada fija en ellos recitaba unas palabras extrañas. Christine y Leo calculaban mentalmente el alcance de sus armas.
Demasiado lejos.
El canto concluyó, apuntó con uno de sus dedos a la arena y antes de volverse hacia su camello para seguir les sonrió.
OPHELIA Y HORATIO.
Ophelia había conseguido pasar los libros con los brazos extendidos por la abertura, la cabeza y más o menos los hombros cuando sintió unas fuertes manos que la cogían por los tobillos.
Fuera de la tienda se oyó e inconfundible disparo de un rifle. Horatio entró en la tienda y casi sin apuntar disparó sobre el hombre que agarraba a su hija. Le hirió en el hombro. Si pararse a pensar giró para enfrentarse a su perseguidor, casi podría decirse que su dedo iba presionando el gatillo mientras se daba la vuelta.
Sólo le hirió en el hombro, pero el brutal impacto del 38 sacó al hombre de la tienda por dónde había entrado.
Ophelia pataleaba frenéticamente intentando librarse de su captor.
LEO Y CHRISTINE.
La arena empezó a ondular en el punto dónde había estado Katif. Leo y Christine empezaron a buscar en vano con la mirada un modo de rodearla. Entre ellos y el campamento base empezó a surgir una figura del suelo. Algo que no debería estar ahí. Algo que no debía existir en este mundo y que sin embargo no era la primera vez que veían.
Algo que podía volar.
Los ojos de los dos se cruzaron y luego con un gesto de aceptación descabalgaron con las armas en la mano.
BRIAN Y NORA.
Nora bajo su arma y empezó a avanzar de nuevo, cuando el cuerpo del hombre del cuchillo salió disparado de la tienda y cayó sobre la arena. El hombre herido se sentó, se llevo una mano a la cintura y sacó otro cuchillo para lanzarlo por la lona levantada de la tienda.
Brian disparó.
No sé si me quedan balas.
La caja torácica del hombre estalló hacia fuera. Como desde atrás hacia él.
Brian se quedó mirando sorprendido.
Detrás de él Nora permanecía de pie con su camisón blanco, las piernas separadas y la escopeta el alto.
De la escopeta salía humo.
He perdido el bote de escorpiones.
LEO Y CHRISTINE.
La criatura plegó sus asquerosas alas a los lados de su cuerpo y se lanzó hacia ellos. Era como ver venir una imparable locomotora acortando la distancia hacia su objetivo.
Demasiado lejos aún.
Empuñaron sus armas y esperaron.
Unos cien metros, cincuenta…
El dedo de Leo presionó suavemente el gatillo.
Treinta.
Y falló…
Hipnotizado, sin dejar de mirar cómo se acercaba la criatura oyó el disparo de Christine.
Veinte.
Habían fallado.
HORATIO.
El hombre de la pipa soltó los tobillos de Ophelia y se giró incorporándose de un salto.
Su acero curvo describió una letal diagonal en el estómago de Horatio que se echó hacia atrás rasgando su camisa.
Horatio vio como los tobillos de Ophelia salían culebreando por la abertura trasera de la tienda.
Levantó su treinta y ocho y disparó al hombre a quemarropa.
OPHELIA.
Ophelia salió corriendo disparada hacia la tienda de Nora por la parte de atrás sin pararse. Llevaba los pesados libros apretados contra su pecho. Corrió y corrió hasta que una sombra que planeaba delante del sol la hizo detenerse.
Ya vienen.
Ophelia dio la vuelta y empezó a correr en sentido contrario.
LEO Y CHRISTINE.
Estaban teniendo muchísima suerte. Dos ataques fallidos de la criatura. Quizá dos personas moviéndose a su alrededor la hacían dudar. Pero la suerte no duraría siempre, y tras cada disparo había que recargar la escopeta.
La criatura se giró hacia Christine que rebuscaba frenéticamente en su bolsillo.
Si consiguiera acertar, mientras Christine recarga, si consiguiera acertar…
Leo disparó mientras los dedos temblorosos de Christine introducían dos nuevos cartuchos.
Falló.
La Criatura giró hacia Leo que sintió de nuevo el poderoso chasquido de sus mandíbulas fallar por un pelo…
Christine se apoyó la escopeta en el pecho y disparó en un extraño ángulo. Sintió el dolor del retroceso en las costillas mientras veía como aquella horrenda cabeza volaba en pedazos.
HORATIO, BRIAN Y NORA.
Horatio salió de la tienda para encontrarse con Brian, Nora y todos los braceros del campamento rodeándoles nerviosos, a los pies de Brian estaba el cadáver destrozado del hombre del cuchillo y Nora apuntaba mirando con fiereza hacia los hombres, dos de ellos tenían carabinas. Horatio también les apuntó. Señalaban el cadáver de su compañero y hablaban todos a la vez asustados.
Brian empezó a hablarles en árabe, intentando poner paz, los que iban armados tiraron sus carabinas. Nora bajó el arma suspirando.
No más muertes, por favor, no más muertes.
Horatio comprobó su revólver.
OPHELIA.
Ophelia vio como una de las criaturas se posaba en el suelo, no la había visto.
Es enorme.
Entonces tomo una decisión. Dejó caer los libros y avanzó hacia la criatura.
Por fin, la oportunidad… por fin.
Por fin probaría un hechizo de sus libros, un hechizo para atar y controlar a aquella bestia. Pero por si acaso, que vinieran los demás con sus armas, sólo por si acaso.
“Papáaaaaa”. -Gritó.
Entonces la criatura la oyó y se giró.
Las palabras arcanas empezaron a salir de la boca de Ophelia llenando el aire de energía, sus hermoso cabello rojizo pareció elevarse y quedar suspendido, su brazo se extendía hacia delante apuntando con un dedo rígido a la criatura que levantaba el vuelo hacia ella con un chillido.
HORATIO, BRIAN Y NORA.
El grito de Ophelia llegó lejano y cargado de urgencia. Brian reaccionó casi inmediatamente, se dirigió hacia el sonido a la vez que instaba, en vano, a los braceros a seguirle. Nora también, se sacó por el cuello del camisón un pequeño bolso de tela en el que empezó a rebuscar cartuchos mientras corría lo más rápido que su viejo cuerpo se lo permitía, poco quedaba ya de la elegante anciana que se sentaba con aspecto impoluto tras un escritorio de caoba en su galería de arte, ahora todo se reducía a sobrevivir y salvar vidas.
Horatio se quedó paralizado, su vista estaba fija en su 38 recién recargado y la llamada de Ophelia resonaba en su cabeza como algo que no podía entender.
Entonces oyó otro grito, y no era un grito, era un ominoso chillido que ya conocía, el de una de esas criaturas.
Corrió. Corrió como nunca en la vida había corrido.
Ophelia… por favor Dios… no…..
LEO Y CHRISTINE.
Christine y Leo se levantan agotados, se miran un momento y buscan sus monturas, no se dicen nada, algo extraño, algo en su corazón les dice que algo terrible está a punto de suceder.
Cabalgan hacia el campamento.
OPHELIA, HORATIO, BRIAN Y NORA.
Las botas de Horatio y Brian levantan la arena a su paso, corren casi a la par cuando lo ven. Suspendido en el aire, como moviéndose a otra velocidad, muy despacio. Está apenas a dos metros de Ophelia.
Ophelia está de pie con un brazo extendido y el dedo apuntando hacia el frente. Todo el aire a su alrededor está cargado de una extraña energía y su pelo y sus ropas parecen flotar.
Brian pone una rodilla en tierra y apunta con su rifle. Sabe que están demasiado lejos. Pero también sabe que no llegarán a tiempo.
Quizá el disparo lo distraiga, quizá se vuelva hacia nosotros.
El agotamiento que ha hecho que Nora quede un poco rezagada desaparece al ver la escena que tiene lugar delante de ella. Su escopeta está de nuevo cargada. Pero desde tan lejos es inútil disparar. Nota un doloroso pinchazo en el pecho, pero lo ignora. Pasa corriendo al lado de Brian, corriendo lo más rápido que puede con la escopeta en la mano.
Por favor, que acierte sólo este tiro, sólo éste. aunque sea el último.
Horatio corre con la vista fija en su hija, el extraño cántico entonado por Ophelia cesa, la cara de la niña parece extrañamente relajada, él no ha sentido tanto pánico en su vida.
El extraño ambiente de parálisis parece desaparecer y la criatura inicia un lento y pesado aleteo. Uno sólo, antes de lanzarse hacia delante.
Horatio levanta el revolver y dispara, de su garganta arrasada por el dolor y la carrera sale un grito desgarrador.
¡¡¡Opheliaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!
La criatura se lanza en picado hacia la frágil niña y hunde su asquerosa cabeza en su estómago. El aire vibra por las balas del 38, Horatio vacía el cargador mientras no deja de correr y gritar hacia su hija. Detrás de él las armas de Nora y Brian producen un estampido de pólvora y humo al ser disparadas.
Demasiado tarde, Dios, Demasiado tarde…
OPHELIA.
La criatura herida de muerte cae hacia un lado y Horatio llega y se deja caer desesperado sobre el cuerpo de Ophelia. Una enorme mancha de sangre se extiende por su pecho y su estómago allí dónde no quiere mirar, allí dónde falta algo, levanta su cabeza y la llama desesperado, le grita a sus ojos azules sin vida que contemplan el cielo, hunde su rostro en sus cabellos y llora.
Brian se acerca pesadamente como si todo el cansancio del mundo le hubiera por fin alcanzado. El rifle cuelga de su mano derecha arrastrando por la arena.
La escopeta de Nora cae al suelo, se acerca hacia Horatio e intenta posar su certera mano que ahora tiembla descontroladamente en su hombro. No puede apartar su mirada de los ojos azules de Ophelia.
Horatio siente una mano en su hombro.
Permanecen así lo que parece ser una eternidad.
Piensa que ya nada podrá hacer que se levante y continúe.
Nada.
Excepto una cosa.
En el último momento, terminada de recitar la letanía, cuando la expresión de concentración desapareció del rostro de Ophelia, por un segundo, antes de que la horrenda criatura suspendida en el aire se precipitara sobre ella, Horatio creyó ver una expresión de satisfacción.
Hubiera jurado que hasta sonreía.
Lo creyó.
Creyó que lo había conseguido.
Detrás de él, la voz de Brian llega con una extraña calma: Tenemos que conseguirlo. Tenemos que seguir adelante. Por Ophelia…
———–
Una nube de polvo se levanta en el oeste.
Trae una imagen distorsionada por el sol.
Christine y Leo vuelven al campamento.
————
*
El ceremonial (H.P. Lovecraft)
apareció danzando rítmicamente una horda de mansos, híbridos seres alados que ningún ojo, ningún cerebro en su sano juicio, ha podido contemplar jamás. No eran cuervos, ni topos, ni buharros, ni hormigas, ni vampiros, ni seres humanos en descomposición; eran algo que no consigo -y no debo- recordar. Daban saltos blandos y torpes, impulsándose a medias con sus pies palmeados y a medias con sus alas membranosas. Y cuando llegaron hasta la muchedumbre de celebrantes, las figuras encapuchadas se agarraron a ellos, montaron a horcajadas, y se alejaron cabalgando, uno tras otro, a lo largo de aquel río tenebroso, hacia unos pozos y galerías pánicos donde venenosos manantiales alimentan el caudal tumultuoso y horrible de las negras cataratas.
Ophelia Carter, In memoriam, Septiembre 1928.
Escrito en Partidas d10, Personajes d10, Relatos del Feudo de Otoño
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