Muerte de Alabama.
Muerte de Alabama
No recuerdo bien la hora pero había anochecido, eso seguro, ya que no podíamos ir a ninguna otra parte y todos los organismos oficiales estaban cerrados. Y entonces lo decidimos, decidimos saltarnos todos los pasos previos de una investigación, todos los permisos e ir directamente a la cripta.
Decidimos cambiar la razón por la locura.
No sé cuantos de nosotros creían de verdad que los vampiros podían existir y cuantos no. No sé qué grado de culpabilidad puede atribuirse a cada integrante de aquella demencial expedición, pero ellos no llevaban a una niña de apenas doce años aquella noche y yo sí.
Iba a ser un vistazo rápido, sólo un vistazo.
Pete llevaba pertrechos como para pasar una noche en el Himalaya, cuerda, cuchillo, pistola, lámpara de aceite… Nora le seguía, con el respeto que sólo la edad otorga a las personas respecto a los lugares de muerte. La señorita Christine iba vestida cómo para pasar la noche en la ópera, sus zapatos de tacón se hundían en el camposanto, la preocupación fruncía su bello rostro y pude adivinar los nudillos blancos en la mano que mantenía en el bolsillo apretando el arma. Alabama jugaba con los dedos en su látigo mientras avanzaba con determinación, la miré, se tocó el ala del sombrero y me dedicó una sonrisa para infundirme ánimos, también llevaba un arma. Todos menos Nora. Y sólo yo tenía licencia.
Estoy loco. Estamos locos. Estamos allanando una propiedad privada.
Localizamos la cripta del maldito nombre y bajamos. La mano sudorosa de Ophelia apretaba la mía mientras intentaba mantener su delgado cuerpecito lo más cerca de mi que las empinadas escaleras le permitían. Al llegar abajo me miró con sus preciosos ojos verdes y me preguntó: “Papá, ¿qué hacemos aquí?”
¿Qué hacemos aquí?, ¿qué hacíamos allí?, Pete ya estaba retirando la losa, sus músculos se tensaban bajo la gastada y sucia gabardina de cuero, me pregunté si estaría fichado, si esto salía mal, no habría porcentaje suficiente para pagarle, sus ojos oscuros y listos me miraron durante un momento, la piedra hizo un ruido escalofriante al sentirse arrastrada. Debimos despertar al guardia, eso debió ser, la verja chirrió al entrar, en los escalones nuestros pasos resonaban como una campana de muertos, el ruido de la losa nos lanzaba una advertencia.
No hicimos caso.
La tumba del bebé estaba vacía. Llena de piedras. Nora no podía dejar de mirar, se había quedado congelada. Era como una foto atemporal. De repente la ví como debió ser de joven, con la cabeza ladeada escuchando en la noche por si alguno de sus pequeños la reclamaba, antes de que el tiempo tiñera su pelo de plata. No había habido ayuda para aquel pequeño. Ni para los otros tres. Y yo estaba pertubando la paz de una anciana que debió morir en la dulce ignorancia.
Pete empujaba ya la losa de la tumba del padre, Alabama fue a ayudarle, yo intentaba responder a las preguntas de Ophelia que tironeaba de mi manga y distraerla para que no mirara, presentía que bajo esa nueva losa nos esperaba una visión menos misericordiosa. No quise mirar a los ojos de Christine ni a los de Nora por si veía en ellos reprobación. Alguien dijo: “Deberíamos volver mañana”, y yo dije: “No, de día nos verían y ya que hemos llegado hasta aquí…”.
Es lo más estúpido que he hecho en toda mi vida de detective.
El cadáver estaba demasiado vivo para estar muerto y demasiado muerto para estar vivo, no encuentro otra forma de explicarlo, y enterrado por supuesto boca abajo, sabíamos que alguien pagó con la cárcel esta acción, alguien que en una época anterior de mi vida hubiese tachado de fanático. Pete me interrogó con la mirada y asentí, no podíamos permitir que más niños murieran, o algo peor.
A partir de ahí el caos y la histeria nos invadieron. Pete clavó su cuchillo en la espalda del cadáver, tapé los ojos de Ophelia, Alabama apuntaba su arma hacia el cuerpo, Nora dijo que el cuchillo no era de madera y recordé mi bastón de estoque, se lo pasé a Pete que intentaba sacar el cuchillo a la vez que introducía el bastón. El cuchillo estaba atascado entre las costillas, tuvo que dejar el bastón y apoyar una mano en el cuerpo mientras removía y hacía palanca. El cuchillo cedió y Pete cayó hacia atrás, el cadáver pareció moverse al caer y Alabama y yo disparamos sobre él. Ella vació un cargador entero.
El cadáver rezumaba un líquido negruzco por los agujeros de bala y el orificio dejado por el cuchillo, Pete se levantó y preguntó si alguien tenía ajos, yo le grité que le clavara el bastón. Alabama preguntó mientras recargaba “¿Y si esto no es suficiente?”, discutimos, todos hablábamos a la vez. Finalmente Pete dijo: “Voy a cortarle la cabeza a este hijo de puta, voy a separársela del cuerpo con el cuchillo aunque sea lo último que haga”.
Debe ser cierto que las personas tenemos un instinto de violencia, creo que este instinto sobrepasa a veces la moral y se sobrepone al horror que sentimos al hacer ciertas cosas, porque Nora vomitó en un rincón y vi santigüarse a Alabama que era atea, pero ninguno apartamos la vista. Mis manos caían fláccidas a ambos lados de mi cuerpo mientras los ojos de Ophelia como frías esmeraldas se clavaban en Pete que sostenía la cabeza del cadáver agarrada por el pelo. Christine musitó: “Dios mío…”
Nos habíamos convertido en locos de Dios.
Pete fue el primero en escuchar el ruido, la verja, ladridos, “¡Dejadme hablar a mi!” nos ordenó, las pisadas del guardia empezaron a descender la escalera, “¿Quién anda ahí?. Empezamos a correr en todas direcciones, Ophelia se giró hacia mí golpeándome el estómago y dejándome sin respiración, su voz sonaba desesperada, ¿Qué pasa papá?, la arrastre sin aliento tras las tumbas del final y nos tiramos al suelo.
El guardia terminó de bajar las escaleras y Pete soltó la cabeza que cayó con un ruido blando mientras decía, “Amigo, eh, amigo, no me dispare, sólo buscaba cobijo, sólo soy un vagabundo buscando dónde pasar la noche”. Pensé estúpidamente que la cabeza rodaría y quedaría a la vista. El perro ladraba y tiraba de la correa, despedía vapor en la fría estancia como un tren de mercancías que fuera a arrollarlo todo. El guardia gritó: “Levante las manos inmediatamente y salga de ahí detrás”. Esto no iba a funcionar, la tumba estaba abierta, debía prepararme, no sabía dónde estaban los demás, me asomé un poco y … dudé, no quería matar a aquel hombre que hacía su trabajo y probablemente tenía familia, mi pulso tembló por primera vez al apuntar, escuche el clic de la pequeña arma semiautomática de Christine al otro lado de la habitación. Christine nunca había disparado contra nadie, no sabía si disparaba bien, ni si sería capaz de hacerlo.
El guardia se giró frenético, “¿Quién anda ahí escondido?, ¡Salgan todos!, ¿Cuántos son?” . Noté por su tono de voz que todo estaba perdido. Pete se abalanzó hacia él cuchillo en mano, el guardia soltó la correa del perro y se encaró hacia el, apuntó con su escopeta y disparó.
Liberado de la presión de la correa el perro pareció dudar unos instantes, luego salió despedido hacia la otra punta de la habitación. Sentí pánico. La boca se me llenó de un sabor agrio, la pistola se escurría entre mis dedos, me encogí para repelerlo de una patada pero fui demasiado lento, sus fauces se cerraron como un enorme cepo y sentí un dolor insoportable en la pierna derecha.
Oía gritar a Ophelia, “Papá, Papáaaaaa…” y recé porque no se acercara, disparé al animal en el lomo, se estremeció pero no me soltó. En el centro de la habitación de la habitación Pete buscaba desesperado con su mano izquierda en la gabardina la pistola mientras todo su brazo derecho goteaba sangre por una fea herida en el hombro. El guardia ya había recargado su escopeta.
Pete sacaría la mano de la gabardina con o sin arma y el guardia le dispararía. Estaba tan cerca. Esta vez no tendría tanta suerte. Iba a matarlo. Vi a Christine apuntar desde el otro lado, le temblaba todo el cuerpo, movía la cabeza intentando buscar un buen ángulo, era imposible, no estaba bien situada, no dispararía. Volví a apuntar la pistola hacia el guardia, quería dispararle en el hombro, mis mano sudaba, el perro se retorcía y no podía apuntar bien, disparé.
Fallé.
Con una maldición apunté un segundo disparo a la cabeza del perro y lo ejecuté. Ophelia gritó detrás de mi. Tenía el revolver vacío, para cuando recargara alguien habría muerto. Vi salir a Alabama desde la esquina norte, silenciosa como un gato, no sabía que estaba allí, llevaba el arma metida en la cintura e iba soltando su látigo, supe que tampoco quería matar al guardia, pasó casi a mi lado y me guiñó un ojo. Pasó de largo un felino movimiento de caderas en sus ajustados pantalones. Alabama era mejor con el látigo que con el arma. Quizá no todo estuviera perdido. Quizá podríamos salir de la cripta sin ninguna muerte.
Alabama era la mujer más valiente que he conocido, la más valiente, la más alegre, la más divertida y la menos prudente, no era prudente con su condición de mujer, ni con su condición de cristiana, ni con la ley seca, ni con el decoro, ni con las normas, “¡Al diablo, Horat!” solía decir mientras se echaba al coleto un tequila, “¿sólo tenemos esta vida no?”, Alabama no creía en otra vida, ni en el cielo, ni en Dios, nunca tuvo una profesión propiamente dicha, era una cazatesoros, nunca se casó y no por ello dejó de conocer lo que era el amor de un hombre, “¿No me digas que nunca lo has pensado, Horats?” me dijo una noche mucho tiempo atrás con esa sonrisa a la que ningún hombre podía resistirse.
Se interpuso entre Pete y el guardia dando la espalda a Pete. El guardia empezó a levantar la escopeta. El látigo de Alabama restalló y el sonido viajó en el eco de la piedra.
Nunca hasta aquella noche había visto fallar a Alabama con el Látigo. Su rostro pecoso se contrajo en una mueca de sorpresa. No había miedo, sólo sorpresa. La escopeta del guardia continúo su ascenso inexorable y el disparó le dio de lleno en el pecho. Su cuerpo salió disparado y cayó al suelo con un estrépito sordo, su rojo pelo quedó desparramado a la luz de la lámpara de aceite.
Pete me gritó: “¡Haz algo Horatio!” “¡Disparadle!”, el guardia se giró siguiendo la mirada de Pete y se quedó mirándome fijamente, levantó de nuevo la escopeta y vi la negra muerte en aquellos dos agujeros negros que me apuntaban. Levanté mi arma y disparé. Un solo tiro. En medio de la frente. El guardia cayó al suelo junto a su perro.
Era la primera vez que mataba a una persona.
Lentamente todos fuimos saliendo de nuestro escondite en silencio, mi hija me miró como nunca hubiera querido verla mirarme, Nora la cogió de la mano y la condujo hacia las escaleras, caminaba con la cara vuelta hacia mi. Deseé no ser su padre. Pete nos urgía desde el segundo tramo de escaleras y ví como Christine con sus lujosas ropas intentaba arrastrar a Alabama para llevársela, la aparté despacio y me despedí en silencio de nuestra amiga, miré sus ojos azules ahora de un añil triste como el cielo de Providence.
Corrimos, corrimos y la dejamos allí.
Debí poner mi pistola en su mano, inculparla de todo, no fui capaz. Sabía que muy probablemente iría a la cárcel, me retirarían la custodia de Ophelia, ¿quién la cuidaría?, pensé en la huída, cambiar de nombre, de continente, en entregarme, en culpar al guardia, en contar la verdad…
Pero eso… eso amigos ya es otra historia.
Horatio Carter.
Detective Privado.

Un recuerdo, en memoria de los compañeros caídos. La partida cambió a este PJ fallecido convirtiéndole en un PNJ voluntario y malo para los vivos por toda la eternidad…
Muawwwhhahahahahaha