La resurrección de Ophelia.

•diciembre 6, 2010 • Dejar un comentario

El atracador salió abandonando la cobertura que la puerta abierta del coche le brindaba. Apoyo el ca…ñón de la pistola en la sien de la muchacha. Se oían lejanas las sirenas de la policía. No llegarían a tiempo. ¡Si alguien hace un solo movimiento la mataré!

¡Maldita sea! Y si no también….Horatio Carter desenfundó el arma y apuntó. Su mano temblaba. La mano de Horatio nunca había temblado antes al disparar. Miró a la chica, sus ojos suplicantes, llevaba el pelo recogido en dos largas trenzas, sólo que eran rubias…

¡Ayúdeme Señor Carter! Suplicó la muchacha. Horatio se sujetó la mano derecha con la izquierda. Sus manos seguían temblando. Llevaba tres días sin dormir.

En la oscuridad de la habitación, Horatio se despertó de golpe sudando, no podía respirar. Es un sueño. Sólo un sueño –se dijo-.
Posó los pies desnudos en el frío suelo mientras seguía mirando fijamente hacia la puerta de su habitación cerrada.
Es por la fecha –se tranquilizó-. Igual que el año pasado. El aniversario de la muerte de Ophelia. Es la fecha. Sólo eso. Sólo sueños.
La luz roja se filtraba bajo la puerta. Luz roja de un sol rojo e intenso. La luz del sol del desierto. Como su pelo rojo. ¡Maldita sea, Horatio!. ¡Ella está muerta!. ¡No volverá jamás!

Si alguien sabía que los muertos no debían volver, ése era él. Pero ese anhelo… Ese deseo…

En la puerta sonó un débil sonido. Una tímida llamada.
¡Dios mío! ¡Si sólo pudiera abrazarla una última vez!

El dolor de las manos le hizo volver un poco a la realidad. Se dio cuenta de que apretaba los puños, clavándose las uñas en las palmas. Lentamente las abrió. Estaban llenas de arena. La fina arena del desierto empezó a resbalar entre los dedos cayendo a sus pies.

Estoy dormido de nuevo –dijo en voz alta-.

Al otro lado de la puerta, una voz le respondió.

Papá. Papi…. déjame entrar.

Muestra cinéfila de vaciar cargadores y destripar gatitos.

•abril 6, 2010 • 1 comentario

Esto está muy calladito… Pero los Sectarios no se han ido, siguen por aquí, y hace poco a una muestra de cine han asistido…

Mi calificación personal:

The Crazies: Remake de la de 1973 de George A. Romero.. Buenísima.
Selección de Cortos: El Mejor: Arbeit für Alle. Lo mejor de la muestra.
Cargo: Peli suiza de ciencia ficción espacial clásica, la nave y el ambiente maravillosos, la trama llena de tópicos, lenta y aburrida.Ver el primer trozo para ver la nave.
The Disappearance of Alice Creed: Parecia un Thriller más de los de la gran pantalla, pero tiene sorpresa. Genial.
The Descent 2: ¿Por qué no lo dejaron tranquilo con Descent 1 y ya está?
Amer: Experimento Giallo italiano. Puede salvarte del sopor cachondearte de ella.
Summer Wars: La manga de la muestra, cruce entre facebook, la familia y uno más y pokémon.  ¡Horror!
Vengeance: Johnnie To. No hay nada más que decir. Aprender a vaciar los cargadores con estilo. Imprescindible.
Splice: A vueltas con los dilemas morales de la ingeniería genética. Ha suscitado ya unos buenos debates. Se puede ver.
The Children: Unos niños malos que te quieren matar. Prescindible.
Cold Souls: ¿Embotellarías tu alma en un “storage” para librarte un tiempo de su peso?. La curiosidad de la muestra.
Canino (DogTooth): La rareza de la muestra. Griega. Hijos encerrados desde que nacen, realidad alternativa, condicionamiento educacional. No gracias.
Halloween II: de Rob Zombie. No Dios, NO! y… y…. qué desagradable ese sonido de crujir de huesos, hachazos y….. puaj. Asco.

Sangre en la Arena. La muerte de Ophelia Carter.

•febrero 18, 2010 • 2 comentarios

En el desierto, en mitad de la nada, en un espacio libre entre las tiendas desperdigadas, el cuerpo quieto de una niña de trece años yace con la cara vuelta hacia el sol abrasador, sobre la arena, su larga melena rojiza espera desparramada alrededor de su rostro y sus ojos apuntan ya sin ver hacia el cielo encerrando una muda pregunta. El cegador sol ya no puede dañarlos.

NORA.

Nora escucha el estampido del disparo y su viejo cuerpo se incorpora con una celeridad sorprendente.

Algo ha salido mal.

Desde aquella noche en que intentó registrarla con la señorita Christine, había querido saber qué se ocultaba en aquella tienda negra, pero tuvieron miedo y ahora una niña pequeña arriesgaba su vida por un vistazo mientras su padre vigilaba cerca y Nora se fingía enferma en la tienda.

¡Era tan sospechosa su enfermedad!. Que se quedaran tres personas para cuidarla sin ir a la apertura de la tumba tanto tiempo aguardada… ¿Habrían sospechado?

¿Habrían vuelto?…

Nora levanta la lona de su tienda y sale al exterior, los cordones de su calzado desanudados, su camisón blanco y su moño canoso medio deshecho le dan un aspecto fantasmal. Intenta ver algo, con la mano en el costado sigue interpretando su papel y se queja. -¿Hola?… ¿Qué está pasando?… Me encuentro mal… Necesito ayuda. -Grita débilmente.

“No debimos hacerlo”.

Aún con el grueso de la expedición en la tumba quedaban muchos braceros leales al capataz en el campamento. Intentaría atraer su atención.

“¿Qué está pasando…?”

BRIAN.

Brian camina hundiendo sus desgastadas botas en la arena, sobre su gruesa barriga su pecho se mueve, avanza jadeando, aprieta con firmeza un bote de cristal transparente y remueve con un palo en la arena, busca escorpiones, aunque no sabe exactamente porqué.

Los escorpiones serán útiles, tienen veneno.

Quizá los necesite.

Brian no piensa que puede ser peligroso. Brian no siente el sol abrasador en su espalda allí donde los tirantes de su ropa interior blanca, sucia y empapada terminan. Brian está empezando a no pensar demasiado. Brian no quiere pensar demasiado.

No se ha alejado mucho. El disparo suena sin embargo algo lejano, como amortiguado.

Brian se detiene. Mira el bote y mira el palo. Sin ningún gesto de sorpresa ni preocupación clava el palo en la arena, se descuelga el rifle del hombro y empieza a correr hacia las tiendas.

HORATIO.

Horatio gira la última tienda que le separa del objetivo y ve a uno de los árabes clavando estacas en la arena y demasiado tarde al otro. Está sentado fumando una pipa en la entrada de la tienda negra. Su rostro moreno y taimado le mira directamente seguro que desde antes aún que levante la vista, su oscura mirada partida por una cicatriz está fija en él y Horatio sin poder evitarlo baja sus ojos hasta los pies del hombre, entonces ve el repulgo de unas vestimentas negras asomar por la túnica rallada que llevan todos los braceros.

Negras.

Una garra de pánico atenaza su garganta.

Ophelia ya debe haber entrado por detrás en la tienda.

Ophelia no hagas ruido por favor, por favor…

Respirando hondo levanta la cabeza y saluda: “Hola, qué hay”…

El hombre no se mueve y no deja de mirarle.

Vuelve la cabeza hacia el que clava las estacas para confirmar que no está asegurando ni atando nada, las golpea distraída y aleatoriamente y también le mira fíjamente…

“Hola, buenas…”

Diossssss…

¿Qué hago?…

Ophelia por favor, por favor, sal de ahí…

OPHELIA.

Ophelia se arrastra sofocada por el suelo de la tienda. Le ha costado más de lo que pensaba entrar. No podía levantar la lona e incluso ha tenido que rajar un poco la tela.

Mierda. Ahora se darán cuenta.

Pero no importa. Está convencida de que el maldito capataz es culpable, estaba con los secuestradores que les tiraron a aquel inmundo pozo y les robaron todo lo que tenían y ella lo demostrará.

Quizá incluso estén aquí sus posesiones, sus armas y… sus preciados libros. Los libros arcanos, los libros de hechizos que se han convertido en su vida.

La cegadora luz del exterior no consigue filtrarse por la espesa lona negra, está oscuro y tiene que avanzar despacio, tanteando hasta los fardos. No parecen contener nada interesante, ropa y cosas, pero… está el cofre…

Hace dos noches estuvo en esa misma tienda con Katif, él negaba todo conocimiento sobre los hombres de negro que los asaltaron, ella se negaba a beber té. La conversación iba empeorando y finalmente Katif se ofreció a hacerle un regalo, pero cuando se disponía a abrir el cofre Ophelia recordó que no le había dicho a nadie dónde había ido, murmuro una despedida apresurada y volvió a su tienda.

Estaba tardando mucho en salir, esperaba que en caso de que alguien se acercara su padre hiciera algo para concederle más tiempo.

No pensaba irse sin pruebas.

Avanzaba en cuclillas hacia el cofre cuando lo vio.

¿Pero qué… qué es eso…?

Un repugnante ojo colgaba de un gancho, estaba enganchado por el nervio y cuando giraba justo en su dirección, Ophelia se tiro al suelo ocultándose bajo el baúl. Oía el ruido. Ese ruido gelatinoso del ojo al moverse buscándola. Con la punta de los dedos empezó a levantar el baúl, dentro había algo envuelto en una lona, pero no podía verlo.

Con los labios fruncidos en un gesto de decisión levantó la tapa manteniéndose oculta tras ella y con la mano libre quitó el envoltorio.

Eran sus libros.

Entonces con un ruido pegajoso el ojo cayó sobre la semiabierta tapa del cofre. Ahora podía verlo con claridad, era un repugnante ojo del tamaño del puño de un niño. Y la estaba mirando.

Han oído la tapa. Me han oído.

Ophelia se llevó una mano al pequeño puñal que llevaba como recogedor de pelo y empezó a clavarlo intentando acertar a aquel maldito ojo que se movía frenético y finalmente desistió. Necesitaba las dos manos para aquellos libros tan pesados. Los cogió y empezó a moverse hacia parte trasera de la tienda.

LEO Y CHRISTINE.

Lejos de allí, en la posible tumba del maldito sacerdote Nophru-Ka, Katif que caminaba supervisando el trabajo de sus hombres se paró en seco y como si hubiese escuchado o visto algo se volvió en la dirección en que se encontraba el campamento base. Acto seguido corrió hacia su camello y empezó a montar.

Christine y Leo se miraron, primero con confusión y luego con pánico. “¿Qué pasa?, ¿Algo va mal?” Preguntaron casi a la vez…

Haciendo caso omiso, el capataz partió veloz y Leo empezó a avanzar deprisa también hacia su montura con la cara vuelta hacia Galloway mientras decía: “Bueno, nosotros nos vamos también, le acompañamos”.

Galloway dejó lo que estaba haciendo y se quedó mirándoles en mudo asombro. “Pe..pero, ¿se van ahora? ¿porqué? Es un momento muy importante… y… ”

“Puede que algo vaya mal en el campamento” – intervino Christine-. Estamos preocupados por Nora… y… quizá podamos, podamos ayudar allí.

Galloway seguía poniendo perros mientras los dos montaban en sus camellos y partían tras Katif.

No hay nada que decir. Todo resultará absurdo.

“Si está todo bien volveremos” – Dijo Leo.

HORATIO.

Horatio oyó el ruido y vio como el hombre de la pipa se giraba hacia la tienda.

“¡No! ¡Alto! ¡Tienen que ayudarme! ¡Es urgente! ¡Acompáñenme!” Empezó a gritar al azar con sus escasos conocimientos de árabe mientras avanzaba hacia él.

El hombre de la pipa le prestó atención un momento, el momento que tuvo Horatio para ver como su compañero dejaba de clavar las estacas y empezaba a avanzar describiendo un círculo entre él y la tienda.

El hombre de la pipa volvió a girarse para entrar en la tienda y Horatio disparó a sus pies.

La suerte está echada.

“¡No! ¡No se mueva! Escúcheme…”

Horatio movió la cabeza para ver si el otro hombre iba a la parte de atrás de la tienda, confirmó que se dirigía hacia él y entonces el guardián de la tienda levantó la lona y se metió dentro.

¡No, no, nonono!

Dios mío, Ophelia, ¡sal de ahí!

Tomando una decisión se lanzó hacia la tienda mientras oía a su espalda el familiar sonido del acero curvo al desenvainar.

BRIAN Y NORA.

El corpulento Brian giró la última tienda y contempló la escena. Acercándose por el otro lado vio a Nora que avanzaba intentando no pisar su largo camisón, llevaba una mano en el costado y la otra detrás de la espalda. Ocultaba la escopeta.

Con un movimiento en arco el brazo del árabe subió dispuesto a caer sobre Horatio, el acero centelleó con la luz del sol.

Nora sacó la escopeta de su espalda y empezó a levantarla.

La suerte está echada.

Brian abrió la mano. El bote de escorpiones empezó a caer al suelo, como a cámara lenta, la otra mano empezó a elevar el rifle desde la culata apuntando, la mano libre subió, posó un dedo en el gatillo y disparó. Una nube de postas impactó sobre la tienda de las estacas cubriéndola de agujeros. El árabe corrió tras Horatio y su enorme cuchillo curvo cayendo casi le rozó.

El bote para escorpiones de Brian llegó a la arena.

LEO Y CHRISTINE.

Los camellos de Leo y Christine coronaron la duna en su camino hacia el campamento base cuando fueron frenados en seco por sus conductores.

Allí abajo, al otro lado de la duna, Katif había desmontando, con los brazos extendidos y su oscura mirada fija en ellos recitaba unas palabras extrañas. Christine y Leo calculaban mentalmente el alcance de sus armas.

Demasiado lejos.

El canto concluyó, apuntó con uno de sus dedos a la arena y antes de volverse hacia su camello para seguir les sonrió.

OPHELIA Y HORATIO.

Ophelia había conseguido pasar los libros con los brazos extendidos por la abertura, la cabeza y más o menos los hombros cuando sintió unas fuertes manos que la cogían por los tobillos.

Fuera de la tienda se oyó e inconfundible disparo de un rifle. Horatio entró en la tienda y casi sin apuntar disparó sobre el hombre que agarraba a su hija. Le hirió en el hombro. Si pararse a pensar giró para enfrentarse a su perseguidor, casi podría decirse que su dedo iba presionando el gatillo mientras se daba la vuelta.

Sólo le hirió en el hombro, pero el brutal impacto del 38 sacó al hombre de la tienda por dónde había entrado.

Ophelia pataleaba frenéticamente intentando librarse de su captor.

LEO Y CHRISTINE.

La arena empezó a ondular en el punto dónde había estado Katif. Leo y Christine empezaron a buscar en vano con la mirada un modo de rodearla. Entre ellos y el campamento base empezó a surgir una figura del suelo. Algo que no debería estar ahí. Algo que no debía existir en este mundo y que sin embargo no era la primera vez que veían.

Algo que podía volar.

Los ojos de los dos se cruzaron y luego con un gesto de aceptación descabalgaron con las armas en la mano.

BRIAN Y NORA.

Nora bajo su arma y empezó a avanzar de nuevo, cuando el cuerpo del hombre del cuchillo salió disparado de la tienda y cayó sobre la arena. El hombre herido se sentó, se llevo una mano a la cintura y sacó otro cuchillo para lanzarlo por la lona levantada de la tienda.

Brian disparó.

No sé si me quedan balas.

La caja torácica del hombre estalló hacia fuera. Como desde atrás hacia él.

Brian se quedó mirando sorprendido.

Detrás de él Nora permanecía de pie con su camisón blanco, las piernas separadas y la escopeta el alto.

De la escopeta salía humo.

He perdido el bote de escorpiones.

LEO Y CHRISTINE.

La criatura plegó sus asquerosas alas a los lados de su cuerpo y se lanzó hacia ellos. Era como ver venir una imparable locomotora acortando la distancia hacia su objetivo.

Demasiado lejos aún.

Empuñaron sus armas y esperaron.

Unos cien metros, cincuenta…

El dedo de Leo presionó suavemente el gatillo.

Treinta.

Y falló…

Hipnotizado, sin dejar de mirar cómo se acercaba la criatura oyó el disparo de Christine.

Veinte.

Habían fallado.

HORATIO.

El hombre de la pipa soltó los tobillos de Ophelia y se giró incorporándose de un salto.

Su acero curvo describió una letal diagonal en el estómago de Horatio que se echó hacia atrás rasgando su camisa.

Horatio vio como los tobillos de Ophelia salían culebreando por la abertura trasera de la tienda.

Levantó su treinta y ocho y disparó al hombre a quemarropa.

OPHELIA.

Ophelia salió corriendo disparada hacia la tienda de Nora por la parte de atrás sin pararse. Llevaba los pesados libros apretados contra su pecho. Corrió y corrió hasta que una sombra que planeaba delante del sol la hizo detenerse.

Ya vienen.

Ophelia dio la vuelta y empezó a correr en sentido contrario.

LEO Y CHRISTINE.

Estaban teniendo muchísima suerte. Dos ataques fallidos de la criatura. Quizá dos personas moviéndose a su alrededor la hacían dudar. Pero la suerte no duraría siempre, y tras cada disparo había que recargar la escopeta.

La criatura se giró hacia Christine que rebuscaba frenéticamente en su bolsillo.

Si consiguiera acertar, mientras Christine recarga, si consiguiera acertar…

Leo disparó mientras los dedos temblorosos de Christine introducían dos nuevos cartuchos.

Falló.

La Criatura giró hacia Leo que sintió de nuevo el poderoso chasquido de sus mandíbulas fallar por un pelo…

Christine se apoyó la escopeta en el pecho y disparó en un extraño ángulo. Sintió el dolor del retroceso en las costillas mientras veía como aquella horrenda cabeza volaba en pedazos.

HORATIO, BRIAN Y NORA.

Horatio salió de la tienda para encontrarse con Brian, Nora y todos los braceros del campamento rodeándoles nerviosos, a los pies de Brian estaba el cadáver destrozado del hombre del cuchillo y Nora apuntaba mirando con fiereza hacia los hombres, dos de ellos tenían carabinas. Horatio también les apuntó. Señalaban el cadáver de su compañero y hablaban todos a la vez asustados.

Brian empezó a hablarles en árabe, intentando poner paz, los que iban armados tiraron sus carabinas. Nora bajó el arma suspirando.

No más muertes, por favor, no más muertes.

Horatio comprobó su revólver.

OPHELIA.

Ophelia vio como una de las criaturas se posaba en el suelo, no la había visto.

Es enorme.

Entonces tomo una decisión. Dejó caer los libros y avanzó hacia la criatura.

Por fin, la oportunidad… por fin.

Por fin probaría un hechizo de sus libros, un hechizo para atar y controlar a aquella bestia. Pero por si acaso, que vinieran los demás con sus armas, sólo por si acaso.

“Papáaaaaa”. -Gritó.

Entonces la criatura la oyó y se giró.

Las palabras arcanas empezaron a salir de la boca de Ophelia llenando el aire de energía, sus hermoso cabello rojizo pareció elevarse y quedar suspendido, su brazo se extendía hacia delante apuntando con un dedo rígido a la criatura que levantaba el vuelo hacia ella con un chillido.

HORATIO, BRIAN Y NORA.

El grito de Ophelia llegó lejano y cargado de urgencia. Brian reaccionó casi inmediatamente, se dirigió hacia el sonido a la vez que instaba, en vano, a los braceros a seguirle. Nora también, se sacó por el cuello del camisón un pequeño bolso de tela en el que empezó a rebuscar cartuchos mientras corría lo más rápido que su viejo cuerpo se lo permitía, poco quedaba ya de la elegante anciana que se sentaba con aspecto impoluto tras un escritorio de caoba en su galería de arte, ahora todo se reducía a sobrevivir y salvar vidas.

Horatio se quedó paralizado, su vista estaba fija en su 38 recién recargado y la llamada de Ophelia resonaba en su cabeza como algo que no podía entender.

Entonces oyó otro grito, y no era un grito, era un ominoso chillido que ya conocía, el de una de esas criaturas.

Corrió. Corrió como nunca en la vida había corrido.

Ophelia… por favor Dios… no…..

LEO Y CHRISTINE.

Christine y Leo se levantan agotados, se miran un momento y buscan sus monturas, no se dicen nada, algo extraño, algo en su corazón les dice que algo terrible está a punto de suceder.

Cabalgan hacia el campamento.

OPHELIA, HORATIO, BRIAN Y NORA.

Las botas de Horatio y Brian levantan la arena a su paso, corren casi a la par cuando lo ven. Suspendido en el aire, como moviéndose a otra velocidad, muy despacio. Está apenas a dos metros de Ophelia.

Ophelia está de pie con un brazo extendido y el dedo apuntando hacia el frente. Todo el aire a su alrededor está cargado de una extraña energía y su pelo y sus ropas parecen flotar.

Brian pone una rodilla en tierra y apunta con su rifle. Sabe que están demasiado lejos. Pero también sabe que no llegarán a tiempo.

Quizá el disparo lo distraiga, quizá se vuelva hacia nosotros.

El agotamiento que ha hecho que Nora quede un poco rezagada desaparece al ver la escena que tiene lugar delante de ella. Su escopeta está de nuevo cargada. Pero desde tan lejos es inútil disparar. Nota un doloroso pinchazo en el pecho, pero lo ignora. Pasa corriendo al lado de Brian, corriendo lo más rápido que puede con la escopeta en la mano.

Por favor, que acierte sólo este tiro, sólo éste. aunque sea el último.

Horatio corre con la vista fija en su hija, el extraño cántico entonado por Ophelia cesa, la cara de la niña parece extrañamente relajada, él no ha sentido tanto pánico en su vida.

El extraño ambiente de parálisis parece desaparecer y la criatura inicia un lento y pesado aleteo. Uno sólo, antes de lanzarse hacia delante.

Horatio levanta el revolver y dispara, de su garganta arrasada por el dolor y la carrera sale un grito desgarrador.

¡¡¡Opheliaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!

La criatura se lanza en picado hacia la frágil niña y hunde su asquerosa cabeza en su estómago. El aire vibra por las balas del 38, Horatio vacía el cargador mientras no deja de correr y gritar hacia su hija. Detrás de él las armas de Nora y Brian producen un estampido de pólvora y humo al ser disparadas.

Demasiado tarde, Dios, Demasiado tarde…

OPHELIA.

La criatura herida de muerte cae hacia un lado y Horatio llega y se deja caer desesperado sobre el cuerpo de Ophelia. Una enorme mancha de sangre se extiende por su pecho y su estómago allí dónde no quiere mirar, allí dónde falta algo, levanta su cabeza y la llama desesperado, le grita a sus ojos azules sin vida que contemplan el cielo, hunde su rostro en sus cabellos y llora.

Brian se acerca pesadamente como si todo el cansancio del mundo le hubiera por fin alcanzado. El rifle cuelga de su mano derecha arrastrando por la arena.

La escopeta de Nora cae al suelo, se acerca hacia Horatio e intenta posar su certera mano que ahora tiembla descontroladamente en su hombro. No puede apartar su mirada de los ojos azules de Ophelia.

Horatio siente una mano en su hombro.

Permanecen así lo que parece ser una eternidad.

Piensa que ya nada podrá hacer que se levante y continúe.

Nada.

Excepto una cosa.

En el último momento, terminada de recitar la letanía, cuando la expresión de concentración desapareció del rostro de Ophelia, por un segundo, antes de que la horrenda criatura suspendida en el aire se precipitara sobre ella, Horatio creyó ver una expresión de satisfacción.

Hubiera jurado que hasta sonreía.

Lo creyó.

Creyó que lo había conseguido.

Detrás de él, la voz de Brian llega con una extraña calma: Tenemos que conseguirlo. Tenemos que seguir adelante. Por Ophelia…

———–

Una nube de polvo se levanta en el oeste.

Trae una imagen distorsionada por el sol.

Christine y Leo vuelven al campamento.

————

*

El ceremonial (H.P. Lovecraft)

apareció danzando rítmicamente una horda de mansos, híbridos seres alados que ningún ojo, ningún cerebro en su sano juicio, ha podido contemplar jamás. No eran cuervos, ni topos, ni buharros, ni hormigas, ni vampiros, ni seres humanos en descomposición; eran algo que no consigo -y no debo- recordar. Daban saltos blandos y torpes, impulsándose a medias con sus pies palmeados y a medias con sus alas membranosas. Y cuando llegaron hasta la muchedumbre de celebrantes, las figuras encapuchadas se agarraron a ellos, montaron a horcajadas, y se alejaron cabalgando, uno tras otro, a lo largo de aquel río tenebroso, hacia unos pozos y galerías pánicos donde venenosos manantiales alimentan el caudal tumultuoso y horrible de las negras cataratas.

Ophelia Carter, In memoriam, Septiembre 1928.

Muerte de Alabama.

•febrero 18, 2010 • 1 comentario

Muerte de Alabama

No recuerdo bien la hora pero había anochecido, eso seguro, ya que no podíamos ir a ninguna otra parte y todos los organismos oficiales estaban cerrados. Y entonces lo decidimos, decidimos saltarnos todos los pasos previos de una investigación, todos los permisos e ir directamente a la cripta.

Decidimos cambiar la razón por la locura.

No sé cuantos de nosotros creían de verdad que los vampiros podían existir y cuantos no. No sé qué grado de culpabilidad puede atribuirse a cada integrante de aquella demencial expedición, pero ellos no llevaban a una niña de apenas doce años aquella noche y yo sí.

Iba a ser un vistazo rápido, sólo un vistazo.

Pete llevaba pertrechos como para pasar una noche en el Himalaya, cuerda, cuchillo, pistola, lámpara de aceite… Nora le seguía, con el respeto que sólo la edad otorga a las personas respecto a los lugares de muerte. La señorita Christine iba vestida cómo para pasar la noche en la ópera, sus zapatos de tacón se hundían en el camposanto, la preocupación fruncía su bello rostro y pude adivinar los nudillos blancos en la mano que mantenía en el bolsillo apretando el arma. Alabama jugaba con los dedos en su látigo mientras avanzaba con determinación, la miré, se tocó el ala del sombrero y me dedicó una sonrisa para infundirme ánimos, también llevaba un arma. Todos menos Nora. Y sólo yo tenía licencia.

Estoy loco. Estamos locos. Estamos allanando una propiedad privada.

Localizamos la cripta del maldito nombre y bajamos. La mano sudorosa de Ophelia apretaba la mía mientras intentaba mantener su delgado cuerpecito lo más cerca de mi que las empinadas escaleras le permitían. Al llegar abajo me miró con sus preciosos ojos verdes y me preguntó: “Papá, ¿qué hacemos aquí?”

¿Qué hacemos aquí?, ¿qué hacíamos allí?, Pete ya estaba retirando la losa, sus músculos se tensaban bajo la gastada y sucia gabardina de cuero, me pregunté si estaría fichado, si esto salía mal, no habría porcentaje suficiente para pagarle, sus ojos oscuros y listos me miraron durante un momento, la piedra hizo un ruido escalofriante al sentirse arrastrada. Debimos despertar al guardia, eso debió ser, la verja chirrió al entrar, en los escalones nuestros pasos resonaban como una campana de muertos, el ruido de la losa nos lanzaba una advertencia.

No hicimos caso.

La tumba del bebé estaba vacía. Llena de piedras. Nora no podía dejar de mirar, se había quedado congelada. Era como una foto atemporal. De repente la ví como debió ser de joven, con la cabeza ladeada escuchando en la noche por si alguno de sus pequeños la reclamaba, antes de que el tiempo tiñera su pelo de plata. No había habido ayuda para aquel pequeño. Ni para los otros tres. Y yo estaba pertubando la paz de una anciana que debió morir en la dulce ignorancia.

Pete empujaba ya la losa de la tumba del padre, Alabama fue a ayudarle, yo intentaba responder a las preguntas de Ophelia que tironeaba de mi manga y distraerla para que no mirara, presentía que bajo esa nueva losa nos esperaba una visión menos misericordiosa. No quise mirar a los ojos de Christine ni a los de Nora por si veía en ellos reprobación. Alguien dijo: “Deberíamos volver mañana”, y yo dije: “No, de día nos verían y ya que hemos llegado hasta aquí…”.

Es lo más estúpido que he hecho en toda mi vida de detective.

El cadáver estaba demasiado vivo para estar muerto y demasiado muerto para estar vivo, no encuentro otra forma de explicarlo, y enterrado por supuesto boca abajo, sabíamos que alguien pagó con la cárcel esta acción, alguien que en una época anterior de mi vida hubiese tachado de fanático. Pete me interrogó con la mirada y asentí, no podíamos permitir que más niños murieran, o algo peor.

A partir de ahí el caos y la histeria nos invadieron. Pete clavó su cuchillo en la espalda del cadáver, tapé los ojos de Ophelia, Alabama apuntaba su arma hacia el cuerpo, Nora dijo que el cuchillo no era de madera y recordé mi bastón de estoque, se lo pasé a Pete que intentaba sacar el cuchillo a la vez que introducía el bastón. El cuchillo estaba atascado entre las costillas, tuvo que dejar el bastón y apoyar una mano en el cuerpo mientras removía y hacía palanca. El cuchillo cedió y Pete cayó hacia atrás, el cadáver pareció moverse al caer y Alabama y yo disparamos sobre él. Ella vació un cargador entero.

El cadáver rezumaba un líquido negruzco por los agujeros de bala y el orificio dejado por el cuchillo, Pete se levantó y preguntó si alguien tenía ajos, yo le grité que le clavara el bastón. Alabama preguntó mientras recargaba “¿Y si esto no es suficiente?”, discutimos, todos hablábamos a la vez. Finalmente Pete dijo: “Voy a cortarle la cabeza a este hijo de puta, voy a separársela del cuerpo con el cuchillo aunque sea lo último que haga”.

Debe ser cierto que las personas tenemos un instinto de violencia, creo que este instinto sobrepasa a veces la moral y se sobrepone al horror que sentimos al hacer ciertas cosas, porque Nora vomitó en un rincón y vi santigüarse a Alabama que era atea, pero ninguno apartamos la vista. Mis manos caían fláccidas a ambos lados de mi cuerpo mientras los ojos de Ophelia como frías esmeraldas se clavaban en Pete que sostenía la cabeza del cadáver agarrada por el pelo. Christine musitó: “Dios mío…”

Nos habíamos convertido en locos de Dios.

Pete fue el primero en escuchar el ruido, la verja, ladridos, “¡Dejadme hablar a mi!” nos ordenó, las pisadas del guardia empezaron a descender la escalera, “¿Quién anda ahí?. Empezamos a correr en todas direcciones, Ophelia se giró hacia mí golpeándome el estómago y dejándome sin respiración, su voz sonaba desesperada, ¿Qué pasa papá?, la arrastre sin aliento tras las tumbas del final y nos tiramos al suelo.

El guardia terminó de bajar las escaleras y Pete soltó la cabeza que cayó con un ruido blando mientras decía, “Amigo, eh, amigo, no me dispare, sólo buscaba cobijo, sólo soy un vagabundo buscando dónde pasar la noche”. Pensé estúpidamente que la cabeza rodaría y quedaría a la vista. El perro ladraba y tiraba de la correa, despedía vapor en la fría estancia como un tren de mercancías que fuera a arrollarlo todo. El guardia gritó: “Levante las manos inmediatamente y salga de ahí detrás”. Esto no iba a funcionar, la tumba estaba abierta, debía prepararme, no sabía dónde estaban los demás, me asomé un poco y … dudé, no quería matar a aquel hombre que hacía su trabajo y probablemente tenía familia, mi pulso tembló por primera vez al apuntar, escuche el clic de la pequeña arma semiautomática de Christine al otro lado de la habitación. Christine nunca había disparado contra nadie, no sabía si disparaba bien, ni si sería capaz de hacerlo.

El guardia se giró frenético, “¿Quién anda ahí escondido?, ¡Salgan todos!, ¿Cuántos son?” . Noté por su tono de voz que todo estaba perdido. Pete se abalanzó hacia él cuchillo en mano, el guardia soltó la correa del perro y se encaró hacia el, apuntó con su escopeta y disparó.

Liberado de la presión de la correa el perro pareció dudar unos instantes, luego salió despedido hacia la otra punta de la habitación. Sentí pánico. La boca se me llenó de un sabor agrio, la pistola se escurría entre mis dedos, me encogí para repelerlo de una patada pero fui demasiado lento, sus fauces se cerraron como un enorme cepo y sentí un dolor insoportable en la pierna derecha.

Oía gritar a Ophelia, “Papá, Papáaaaaa…” y recé porque no se acercara, disparé al animal en el lomo, se estremeció pero no me soltó. En el centro de la habitación de la habitación Pete buscaba desesperado con su mano izquierda en la gabardina la pistola mientras todo su brazo derecho goteaba sangre por una fea herida en el hombro. El guardia ya había recargado su escopeta.

Pete sacaría la mano de la gabardina con o sin arma y el guardia le dispararía. Estaba tan cerca. Esta vez no tendría tanta suerte. Iba a matarlo. Vi a Christine apuntar desde el otro lado, le temblaba todo el cuerpo, movía la cabeza intentando buscar un buen ángulo, era imposible, no estaba bien situada, no dispararía. Volví a apuntar la pistola hacia el guardia, quería dispararle en el hombro, mis mano sudaba, el perro se retorcía y no podía apuntar bien, disparé.

Fallé.

Con una maldición apunté un segundo disparo a la cabeza del perro y lo ejecuté. Ophelia gritó detrás de mi. Tenía el revolver vacío, para cuando recargara alguien habría muerto. Vi salir a Alabama desde la esquina norte, silenciosa como un gato, no sabía que estaba allí, llevaba el arma metida en la cintura e iba soltando su látigo, supe que tampoco quería matar al guardia, pasó casi a mi lado y me guiñó un ojo. Pasó de largo un felino movimiento de caderas en sus ajustados pantalones. Alabama era mejor con el látigo que con el arma. Quizá no todo estuviera perdido. Quizá podríamos salir de la cripta sin ninguna muerte.

Alabama era la mujer más valiente que he conocido, la más valiente, la más alegre, la más divertida y la menos prudente, no era prudente con su condición de mujer, ni con su condición de cristiana, ni con la ley seca, ni con el decoro, ni con las normas, “¡Al diablo, Horat!” solía decir mientras se echaba al coleto un tequila, “¿sólo tenemos esta vida no?”, Alabama no creía en otra vida, ni en el cielo, ni en Dios, nunca tuvo una profesión propiamente dicha, era una cazatesoros, nunca se casó y no por ello dejó de conocer lo que era el amor de un hombre, “¿No me digas que nunca lo has pensado, Horats?” me dijo una noche mucho tiempo atrás con esa sonrisa a la que ningún hombre podía resistirse.

Se interpuso entre Pete y el guardia dando la espalda a Pete. El guardia empezó a levantar la escopeta. El látigo de Alabama restalló y el sonido viajó en el eco de la piedra.

Nunca hasta aquella noche había visto fallar a Alabama con el Látigo. Su rostro pecoso se contrajo en una mueca de sorpresa. No había miedo, sólo sorpresa. La escopeta del guardia continúo su ascenso inexorable y el disparó le dio de lleno en el pecho. Su cuerpo salió disparado y cayó al suelo con un estrépito sordo, su rojo pelo quedó desparramado a la luz de la lámpara de aceite.

Pete me gritó: “¡Haz algo Horatio!” “¡Disparadle!”, el guardia se giró siguiendo la mirada de Pete y se quedó mirándome fijamente, levantó de nuevo la escopeta y vi la negra muerte en aquellos dos agujeros negros que me apuntaban. Levanté mi arma y disparé. Un solo tiro. En medio de la frente. El guardia cayó al suelo junto a su perro.

Era la primera vez que mataba a una persona.

Lentamente todos fuimos saliendo de nuestro escondite en silencio, mi hija me miró como nunca hubiera querido verla mirarme, Nora la cogió de la mano y la condujo hacia las escaleras, caminaba con la cara vuelta hacia mi. Deseé no ser su padre. Pete nos urgía desde el segundo tramo de escaleras y ví como Christine con sus lujosas ropas intentaba arrastrar a Alabama para llevársela, la aparté despacio y me despedí en silencio de nuestra amiga, miré sus ojos azules ahora de un añil triste como el cielo de Providence.

Corrimos, corrimos y la dejamos allí.

Debí poner mi pistola en su mano, inculparla de todo, no fui capaz. Sabía que muy probablemente iría a la cárcel, me retirarían la custodia de Ophelia, ¿quién la cuidaría?, pensé en la huída, cambiar de nombre, de continente, en entregarme, en culpar al guardia, en contar la verdad…

Pero eso… eso amigos ya es otra historia.

Horatio Carter.

Detective Privado.

Roleros by Goomy

•febrero 15, 2010 • 2 comentarios

strips: http://www.goominet.com/unspeakable-vault/vault/13/Role%20Players/

🙂

Ciclo de cine sectario

•febrero 2, 2010 • 5 comentarios

Buenas!

Con este post dejamos constancia del ciclo de cine de culto que estamos pretendiendo hacer (a ratos dispersos) entre los Sectarios d10.

Son películas de ciencia ficción o fantasía, pero también tienen cabida otras de culto que no son de género.

La idea es ir ampliando esta lista con las sugerencias que cualquiera vaya aportando, para que no se nos pierda en el olvido esa idea genial que surja un día.

Aquí va:

Ciencia ficción:

  • Atmosfera cero
  • Horizonte final
  • Saturno 7

Cine fantástico:

  • Neverwhere (serie de Neil Gaiman)
  • Dark City
  • Ángeles y demonios
  • Memorias del ángel caído
  • El corazón del ángel
  • INK (peli indie, con estética estilo Neil Gaiman)
  • MirrorMask (de Dave McKean y Neil Gaiman)

Manga / Dibujos:

  • Dragonlance
  • La princesa Mononoke
  • El castillo ambulante

Raras:

  • Pi
  • Persona (Bergman)

Terror:

  • La noche de los muertos vivientes (la primera de George A. Romero)
  • 28 días (28 días después NO!)
  • Eden Lake
  • The Cottage
  • Mentes en Blanco
  • Ases Calientes
  • Hatchet
  • Exiled
  • El diario de los muertos
  • La niebla
  • Sheitan
  • Frostbiten
  • La noche del cazador

Comedias:

  • El cuchitril de Joe
  • Teléfono rojo volamos hacia Moscú.

Thriller:

  • La caza del Octubre Rojo

Por clasificar:

  • Las tres luces (Fritz Lang)
  • Dog Soldiers
  • Death Watch

¡Inaugurado queda el ciclo! Y abierto queda a las aportaciones de todos 🙂

Avatar. El ser de la oscuridad.

•enero 19, 2010 • 4 comentarios

Una lluvia pesada y silenciosa caía fuera. Los charcos aceitosos y oscuros parecían absorber la luz. No había luna, ni nubes. El cielo era como un sucio parche de linóleo gris e inmóvil. No soplaba brisa alguna, ni viento. Era como un escenario abandonado de película, como una foto gastada. No había movimiento. No había… vida.
En el  interior  de la fábrica de cerveza abandonada, Alison abandonó la ventana y paseó su mirada por el interior de la nave. Demasiadas ventanas. Demasiadas opciones. Alia mantenía fija una mirada interrogadora en ella.
-¿Qué pasa Alia?
-Nada. No sé.
-Dilo Alia.
-Yo sólo… Es que…. ¿Cómo sabemos que va a entrar por la puerta?

Alison puso las manos sobre sus hombros e intentando que no se notara lo mucho que temblaban la miró fijamente a los ojos y mintió.

Todo va a salir bien, está todo controlado Alia. Viene a por el símbolo, ¿recuerdas? Entrará por la puerta y se dirigirá directamente hacia él. Y no dejaremos que llegue.

El símbolo. Un maldito parche de piel con forma triangular, extraños grabados y hendiduras cuya sola visión causaba repugnancia. En principio era sólo una amenaza un tanto original de una banda de gánsters para que se mantuvieran al margen. La Banda Carmesí.

No quería recordar el estado de las casas de los anteriores receptores de esos símbolos. La destrucción, la violencia y esas manchas en la pared. Carmesí. El color de la sangre. Los familiares de aquel pobre anticuario no tendrían un cuerpo que velar ni que enterrar. Estaba muerto desde que aquellas tablillas con inscripciones indescifrables cayeron en sus manos.

Unos minutos antes, Figgs lo había sacado con las puntas de los dedos de su bolsillo y lo había depositado en el centro de la nave. Luego había retrocedido al fondo, donde Alia y Alison esperaban, respiraba de forma entrecortada. Cuando llegó a su altura se paró y muy lentamente, como iluminado por una revelación, metió la mano en su bolsillo y lo volvió a sacar.

Repitió la operación, pero todos sabían ya cuál sería el resultado. No había ninguna manera de separar a Figgs del símbolo.

Figgs miró a sus compañeras mientras se limpiaba las sudorosas palmas de las manos en los pantalones y cogía la lata de gasolina. El color había abandonado su rostro y las palabras salían pastosas de sus labios crispados. Intentaba conservar la calma.
-Entonces, ¿seguimos con el plan?, ¿esperamos al fondo de la nave?- Preguntó desenroscando el tapón.

Las dos asintieron. Él se dirigió al centro de la nave y empezó a verter el líquido formando un círculo. Alison sacó el mechero, levantaba la tapa y la cerraba, la levantaba y la cerraba. Click. Click. Alia parecía absorta. Sus labios se movían sin sonido. Click. Click. Alison sabía lo que la muchacha estaba haciendo. Repasaba las palabras de la desinvocación en su cabeza. El silencio era torturante. Sabía que en la chapa de la nave seguía cayendo la lluvia sin sonido alguno. Fuera de la fábrica, un universo muerto entraba en esta realidad que contenía el aliento aterrorizada con la vana esperanza de que lo que fuera que iba a venir pasara de largo.
Lo que iba a venir. El monstruo. El terror. La Oscuridad.
Lo que iba a venir. .. Ni siquiera sabía exactamente lo que iba a venir.
Figgs retrocedió de nuevo hasta ellas apurando la lata hasta formar un reguero que terminaba prácticamente a sus pies.

Lo que esperaban no entró por la puerta. Entró por la ventana. A sus espaldas. No hubo un aviso, ni un rugido, ni un ruido. Los cristales saltaron con un sonido amortiguado, como escuchado bajo el agua. Los tres se giraron y lo vieron entrar. Y lo que vieron no era un monstruo, ni era un demonio, lo que vieron no podía ser descrito con palabras, todo maldad y terror, como un trozo de negrura arrancado de otro mundo. Un trozo de negrura enorme.
Con unos dientes enormes.
Alison corrió hacia la puerta de la nave sin pensarlo. Olvidó que estaban ahí para detenerlo. Para devolverlo. Para combatirlo. Sólo quería alejarse de aquella cosa. La nave era muy grande y se dio cuenta de que tardaría demasiado en cruzarla, también se dio cuenta de que se había alejado del reguero de gasolina aunque comprobó aliviada que aún llevaba el mechero en la mano.
Miró hacia atrás por encima del hombro mientras seguía avanzando. Alia corría tras ella, pero Figgs no se había movido del sitio. Al fondo, de espaldas a ellas y frente a aquella cosa, el profesor de universidad permanecía inmóvil, con las manos colgando laxas a los costados de un cuerpo encorvado, con la mirada gacha, paralizado por el terror y con el arma a sus pies. Vio como Alia se daba la vuelta, se paraba en seco, levantaba la escopeta apoyando la culata contra su cuerpo y disparaba.
Falló.
Había que expulsar a aquella criatura de este universo aún a costa de sus propias vidas. Ella lo sabía. Los tres lo sabían. No había tiempo para la duda. Ese Ser no la tenía. Avanzaría destruyéndolo todo inexorablemente a su paso y se llevaría a Figgs por delante. Era una certeza.  Y sin embargo la duda es quizá lo que nos convierte en humanos.

“No puedo pararme”.

Pero Alia sí se había parado…

“Esto es más importante que nosotros”.

Pero Figgs va a morir…

“Ella tampoco te dejaría a tí. Él tampoco te dejaría”.

Alia se ha parado, sin ella la invocación no tiene sentido…

“Y si ella siguiera corriendo, ¿dejarías a Figgs?”.

El pensamiento le revolvió las tripas.

“Dispararé mientras corro y si así no acierto, entonces me detendré”.

Entonces ya no hará falta que te detengas porque Figgs estará muerto…

Alison se giró sin dejar de correr. Levantó la mano, apuntó su 32 por encima de la cabeza de Figgs y disparó. La bala impactó de lleno en la ominosa negrura que se cernía sobre él.

Podría decirse que el Ser la miró si hubiera tenido ojos. En cualquier caso ella supo que su atención estaba ahora centrada en ella. Cambió de dirección y empezó a correr para atravesar el círculo. “Tengo que prender el círculo, hay que meterle en él y pronunciar la contrainvocación”.

Su desesperada carrera cortó tangencialmente la circunferencia de gasolina. Justo al cruzarla se giró. Aquello se abalanzaba sobre ella, pero durante unos preciosos segundos estaría en el centro del círculo. Levantó la tapa del mechero. Al otro lado tras la criatura Alia apuntaba con la escopeta para salvar su vida.

¡No Alia! ¡No hay tiempo! ¡La invocación! ¡Empieza ya!

Giro la rueda del mechero y lo dejó caer.

Al fondo vio como Figgs se lanzaba hacia una de las ventanas traseras, su rostro era el rostro de la locura.

Alia pronunció la primera palabra sin aliento, agotada por la carrera. Alison la repitió. La segunda. La repitió. El aire comenzó a cargarse de algún tipo de energía. La voz de la joven muchacha ya no parecía la suya, retumbaba en las paredes de la nave cargada de poder.

“Trae el sonido de vuelta”.

Desconocían el precio exacto que pagarían por apelar a una magia tan poderosa, caerían desmayadas probablemente y quién sabe cuando despertaran qué habría sido de toda su cordura. Pero eso no importaba si lo conseguían. Una sola palabra mal dicha y el mal estaría hecho.
Alia seguía pronunciando palabra tras palabra, parecía cada vez más débil, estaba muy pálida y cubierta de sudor frío, las manos crispadas,  los ojos extraños. Alison repetía cada palabra casi enlazando con la letra final pronunciada por su compañera.

-“Imas”
-“Imas”

-“Veghaymnko”
-“Veghaymnko”

-“Quahers Sewefaram!”

Había sonado como una “S”…. no era así….estaba casi segura de que no era así, durante noches enteras había estudiado aquel papel con la transcripción fonética, pero Alia lo habría estudiado también… La miró. Parecía exhausta. Las dos desconocían lo que llevar el peso de dirigir la desinvocación podría hacerle. En su mirada había pánico. Su mirada decía ¡repite!

Las llamas decrecieron, entonces las dos supieron exactamente qué es lo que había en el centro del círculo: El Avatar de un Dios. Eso contra dos muchachas valientes pero estúpidas y un trozo de papel memorizado con una transcripción fonética de un idioma inexistente que nadie sabía leer. Seguramente fue un segundo, sólo un segundo de duda, pero sintieron todo el poder del mal y la debilidad de su humanidad.

Pero es la duda lo que nos hace humanos. Y él lo sabe. Eso es lo que está haciendo. Todavía estoy a Tiempo. Alison gritó.

-“¡¡QUAHERS XEWEFARAM!!”

………………………………………

Tras correr gritando desesperado más de un kilómetro, Figgs volvió a la fábrica de cerveza abandonada, aún con un brillo demente en sus ojos y apretando su pecho con la mano. En el suelo, a los lados de un círculo ennegrecido, los cuerpos de las dos muchachas inconscientes parecían casi dormir.

Qué bonita foto. A Alia le habría gustado. –Pensó.

Les tomó el pulso. Iría a por unas mantas al coche y las trasladaría al hospital donde tenía un buen amigo que nunca hacía preguntas. Sin preguntas, sin policía, sin reconocimiento, sin recompensas. Así era siempre.

Fuera en la calle, la lluvia repiqueteaba contra el metal del tejado y caía mansamente sobre una ciudad que estaba de nuevo a salvo.